《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 17.1 - Un cristal caprichoso, una marca que no desaparece
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Las Valiant eran algo más que artefactos, más que unas armas mágicas que cambiaban de forma. Nacían de los Cristales Primordiales, gemas que solo se hallaban en lugares muy concretos de Elthea y que no se encontraban al alcance de la mayoría. Esto se debía a que dichos minerales eran caprichosos, tan mágicos que solo escogían a aquellos que de verdad pudieran blandirlos.
—Las Valiant se encuentran entre esas armas más codiciadas, al igual que sus portadores —le explicó Aer tras el desayuno.
—Son volátiles, cambian de apariencia según lo que su poseedor necesite, haciendo que sean tan difíciles de dominar como la magia más avanzada—dijo Ead.
Por no hablar que no se encontraban en cualquier lado. Debido a lo complejo que podía ser obtenerlo y utilizarlo, muchos elthean ni contemplaban la posibilidad de conseguir uno, pues influían demasiados aspectos como para que invirtieran tiempo y esfuerzos en algo así. Su caso en concreto era, una vez más, un misterio que no comprendían.
Ailfryd le había escaneado con su magia en varias ocasiones, percibiendo una vaga conexión que iba más allá que de sus compañeros. Era de las pocas veces donde estaban ambos solos, sin frionach ni brujas ni otros elthean cerca, cada uno centrado en otras tareas. Tras la acalorada discusión, le dejó un día para que indagara lo que pudiera.
—Existe un Cristal Primigenio que te está reclamando, protegiéndote en la distancia —dijo Ailfryd.
—Aunque no puedes averiguar su procedencia, ¿no? —dijo Finnian.
La única opción que tendrían a su disposición es que volviera a activarse, y no era algo que ni siquiera controlara como sus otras capacidades. Por lo que estuvo narrándole Ailfryd, en Issey había una cueva donde podrían encontrarse, aunque no se trataba del único lugar, pero estaba demasiado lejos de su camino como para desviarse ante un lugar así.
—Además, sería bastante peligroso que fuerais ahora.
Cualquiera podría averiguar su destino y tenderles una trampa, y en las tierras del norte el clima era muy duro para los que venían del sur. Le había conseguido un mapa más detallado de Mithra, eficaz para que pudieran moverse sin sentirse perdido a cada paso que dieran.
—Issey no es el sitio al que debo ir ahora —susurró Finnian, seguro de sus palabras.
Su visión, la misma que tuvo en el lago le conducía de cabeza hacia la Orquídea Plateada. Ignoraba sí le mostraba detalles del pasado, el conflicto que sus predecesores tuvieron que hacer frente, o algo nuevo sucedería en aquella dorean. Sin importar cuál de los casos se tratara, su instinto le decía que las montañas del norte no le reclamaban, pero las tierras del este sí.
—Quizás ahora no puedas percibir esa conexión, pero mientras más cerca estés de tu valiant, esto cambiará —le prometió Ailfryd—. Además, el cristal que te está llamando debe estar en posesión de alguien.
El rito de la Recolección era una costumbre realizada por los portadores de valiant. Se trataba de una prueba en la que un elthean demostraba si era digno o no de adquirir un cristal primigenio, y que era pasado de generación en generación para aquellos que tuvieran cierto potencial. Las tres gemas de Ailfryd, una en su frente y otra en cada una de sus dos colas, formaban parte de una completa que en su momento adquirió.
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—El anterior Guardián me trasmitió lo necesario para que tratara conseguir mi cristal, cuando aún era su aprendiz —dijo Ailfryd.
Por eso mismo sabía que en su caso no tenía que dirigirse a ninguno de estos lugares para someterse a una prueba. Bastantes problemas tenía por delante como para querer pasar por algo así, pero algún elthean debió de lograr más de uno y sabría que su posesión solo era temporal hasta que alguien lo reclamara.
—El Guardián de la Orquídea Plateada, Leander, tendría que poder ayudarte en esto.
Aunque el tiempo sería lo que le daría las respuestas. Tres veces pensaron que su valiant se activó sin que él lo pretendiera, aunque hubo una donde le obedeció, incluso cuando ni él supiera que la estaba usando.
—El arco de la otra noche, el que usó Aer para enviar la flecha por las estrellas —dijo Ailfryd—. Al principio no estaba seguro, pero tu magia logró llamarla, aunque fuera una parte de ella.
—¿No podría Lelile ayudarnos con algo así? —dijo Finnian, torciendo una sonrisa.
—Considero que no se puede solucionar todo a base de hechizos. Hay que dejar que la vida fluya sin tratar de forzar todo con cada paso que damos —dijo Ailfryd.
—¿No confías en ella por su pasado?
—En absoluto —respondió Ailfryd, negando con la cabeza—. El bien y el mal son términos demasiado extremos. Ningún mundo sería sostenible sin la existencia de ambos.
Nadie era perfecto, ni estaba libre de malas acciones, ni tampoco eran santos. Todos cometían errores, daba igual la edad que se tuviera, pero era lo que aprendieran de ellos lo que les definía. Sin embargo, el temor de Ailfryd por la bruja no se debía a sus enseñanzas, sino lo que pudiera buscar con ellas.
—No niego que quiera ayudarte, pero muchos querrán aprovecharse de ti —dijo Ailfryd—. Los rumores se han extendido desde que liberasteis el Bosque de Ellery. ¿Un Signo con tres compañeros?
—Temes que intenten utilizarme.
—Eso me temo —admitió Ailfryd.
Lejos de ser una pregunta, se trataba de una afirmación. Las palabras del Guardián denotaban preocupación, y quizás quisiera infundirle miedo, sin embargo, existía un significado evidente. Todos quieren hacerse con un poco de poder, de influencia. Algunos tratarán de tomarlo con sus garras, mientras que otros emplearan diferentes medios.
—¿Y qué hay de ti? —dijo Finnian, alzando una ceja.
—¿Qué te dice tu instinto?
Su papel de Guardián le hacía centrarse en su territorio, en las personas que estaban a su cargo, pero lo que sucediera en el exterior no le era indiferente, al contrario de lo que Lelile pensaba. Su papel era distinto al de otros líderes, y aunque su labor fuera proteger aquella dorean de cualquier peligro, no miraría a otro lado si tenía la oportunidad de mejorar el futuro.
—Aunque eres tú el que debe tomar las decisiones —dijo Ailfryd—. Confía en tus compañeros. Lo son por un motivo. Igual que tú les fortaleces, ellos también te benefician.
No se trataba de una relación unilateral. Sí en el pasado le recordó cómo se reforzaban como grupo, asimismo existían otros métodos que les ayudarían a mejorar. Al fin y al cabo, Aer, Rune y Leith conocían más de Elthea que él, y eso era la punta del iceberg.
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—Por eso no querías que nadie supiera dónde me encontraba —dijo Finnian—. Que pudiéramos ocultarnos, pasar inadvertidos.
—Eres tan poderoso como el sol, y tan brillante como la luna —dijo Ailfryd, conteniendo el aliento—. Eso llama la atención de cualquiera. De aquellos que solo buscan un desafío, o de otros que quieran verte perder.
Porque podía ser el salvador de Elthea, un Signo elegido por una tradición que se remontaba a sus inicios. Aunque todos comprendían el valor y la fuerza que había en él, muchos desechaban esas creencias y trataban de quitarle importancia. Después de todo, no era un dios ni sería venerado como tal, pues existían opiniones tan variadas como los colores.
Tras aquello, Finnian pidió que le enseñara a escanear, igual que había hecho con él. Si bien era una habilidad que sus compañeros poseían, cada cual de una manera distinta, él necesitaba emplearla de otro modo. Desde que sucedió lo del charco, había algo que no abandonaba sus pensamientos, y que se encaminaba siempre con los que se vieron afectados en Ellery.
—¿Por qué ese interés? —quiso saber el Guardián.
—No entiendo muy bien cómo alguien puede… hacer algo así —admitió Finnian.
Someter a otros, convertirles en marionetas que ni siquiera tuvieran control sobre sus actos o pensamientos. Al contrario de lo que pensó en un principio, que el causante era el contar con demasiado poder, el hada elthean desveló una idea distinta.
—No se trata de cómo de poderoso sea uno, sino lo que se haga con esas capacidades —dijo Ailfryd—. ¿Querrías ver a Aer, Rune y Leith convertidos en marionetas?
—Para nada —dijo Finnian, sintiendo cómo se oprimía su corazón ante una idea así—. Pero creo que actos de ese tipo dejan una marca que necesita ser sanada.
La magia de Lelile cuando se coronó como Reina del Bosque afectó tanto al lugar como a sus habitantes. Y aunque los trolls no denotaban malicia, se mostraban tan precavidos por aquel sometimiento que no podía marcharse sin hacer nada. Quizás él no fuera responsable, pero sí sucesos así se repetían por todos los sitios de Elthea, debía de existir una alternativa.
Ailfryd mantuvo la mirada, permaneciendo en el aire sin apenas moverse. A veces no sabía si se explicaba con exactitud o sus palabras resultaban tan confusas como sus pensamientos.
—Te enseñaré lo que me pides, pero por favor, ten mucho cuidado —dijo Ailfryd—. No puedes salvar a todos, y hay algunos que no se dejarán. No conviertas en tu causa en ayudar a aquel que cruce tu camino contigo. ¿Prometido?
—De acuerdo —dijo Finnian.
Sin embargo, el elthean le agarró de las manos, trasmitiéndole una calidez que iba más allá de su temperatura. No estaba sondeando su mente, sino acariciando su esencia con un poco de magia. Podía compararse con enviar una nota a otra persona, preguntándole cómo se encontraba, pero en lugar de ello no se usaban palabras. El hechizo recababa información sin ser intrusivo, pero algo así podría exponerle a futuros ataques, sobre todo si intentaba conectar con alguien demasiado cerrado para lograr un acto de aquel tipo.
Tras marcharse de la casa, permitiéndole pasear sin la obligación de un entrenamiento extra, fue directo en busca de los mismos elthean que llegaron allí pocos días atrás. Encontrándoles cerca de los alasdair, los trolls le vieron llegar a lo lejos, ya acostumbrados a su presencia.
—Me gustaría intentar una cosa, pero solo si confiáis en mí —dijo Finnian, viéndose rodeado por Embar, Kuel y Onyx.
A grandes rasgos, le explicó que solo quería comprender lo que habían vivido en Ellery mientras estaban bajo el dominio de la malvada Lelile. Ninguno entendió por qué su interés en algo así, pero accedieron a dejarle usar su magia. Quizás se debiera a sus palabras, a la sinceridad en ellas o a que no les tratara como unos monstruos, sino como iguales al resto.
—¿Estáis preparados? —dijo Finnian, pronunciando una sonrisa.
Y, tras contar hasta tres, dejó que su magia fluyera. La conexión del trío con la tierra era indudable, pues sus sentidos captaban algo más de información de lo que podrían en cualquier otro momento. La humedad de una cueva, el olor de un bosque o el sonido del agua se expandían por su interior. Entonces, una grieta se dejó ver dentro de ellos, aunque no se tratara de una herida física, sino una emocional, causada por el abuso de la magia.
Ignoraba sí existía hechizos que pudieran curar algo así o que hubiera una fórmula mágica que lo arreglara todo, pero ese vacío, aunque fuera mínimo, no desaparecería de un día para otro.
—No es dolor lo que sentimos, sino la impotencia de que no pudimos controlar nuestras propias vidas —dijo Embar.
—Todo mejorará —dijo Finnian.
—¿Por qué estás tan seguro de ello? —dijo Kuel.
—¿Has tenido una visión de nosotros? —dijo Onyx, señalándose con el dedo.
—Para nada —admitió el Signo, soltando una ligera risa.
Pero estaban allí, vivos, luchando. Los alasdair les ayudaron cuando pensaron que nadie más lo haría, y no serían los únicos que lo habrían hecho.
—Como Signo, no sé si eres ingenuo o suspicaz —comenzó a expresar Embar, tanteando sus palabras—. Creo que es lo último lo que más necesitamos ahora.
Quizás un guerrero, aquel que pusiera fin al reinado de los destructores, pero alguien que no resolviera todo a base de violencia. Eso era lo que podía marcar la diferencia.
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