《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 20.1 - La Magia de los Replantadores
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Su grupo había dado un cambio radical. Quizás en un principio no es que fueran muchos, ni siquiera incluyendo a Kali, Blanche y al compañero de esta, Ark. Sin embargo, la manada era tan numerosa que ignoraban cómo comportarse con ellos cerca. Tras unas indicaciones a Braunah, esta mandó a varios de sus exploradores para que se adelantaran en el camino por si podían encontrarse con algún nuevo obstáculo.
—Supongo que no es tan mala idea, ¿no? —señaló Blanche, algo más animada al ver que continuaban con su viaje—. Al menos así podremos estar al tanto si alguien intenta atacarnos otra vez.
Aunque ni Finnian ni sus compañeros estaban del todo seguros ante algo así, pues tampoco es que hubieran podido decidir mucho más. Al perder la ventaja de un número reducido, por no hablar de que los lobos eran bastante más voluminosos que los presentes, cualquier elthean podría detectar movimiento si se encontraban cerca.
—Nuestra presencia pasa casi desapercibida —dijo Leith.
Hasta él notaba cómo les sofocaba su esencia. El aroma lupino, una mezcla de tierra y naturaleza, con un toque de energía que le recordaba a los perros de su mundo, estaba allá de por donde pisaban. Sin embargo, que no fueran capaces de percibirlos con su magia implicaba que se protegían de manera colectiva de un modo que no alcanzaba a comprender.
—Es posible que se deba a que estamos con la manada —dijo Aer, tan concentrado como el resto como para encontrar todas las respuestas.
—Quizás podamos enterarnos luego cómo lo hacen —dijo Ead.
—Podría ser vital de ahora en adelante —concedió Rune.
Porque si en el Galya aprendió que incluso él, a pesar de la magia que le protegía, podía ser encontrado, mientras más recursos tuvieran a su alcance, mejor les iría. Tras su encuentro inicial, las primeras horas de la mañana no fueron menos extrañas, recordándole de manera superficial El Libro de la Selva. Quizás Braunah respetaba su espacio, aunque se encontraba del todo lejos ni cerca, hasta que dejaron de estarlo.
Según les informaron, habían entrado en una zona que sufrió más de aquella de la que provenían. Si bien en el Bosque de Ellery tuvieron la oportunidad de ver lo que era un territorio dominado, y a las afueras del Galya a alguien intentando conquistarlo, allí encontraron las consecuencias. Tierra quemada, bosques consumidos por el fuego y un terreno desolado por algo más que un enfrentamiento. Sin embargo, lejos de encontrarlo vacío y sin vida, vieron a un reducido grupo de elthean a cada cual más distinto que cualquiera de los que iba con ellos.
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Tan grande como los lobos, puede que más, el que destacaba era una mezcla de tortuga con anquilosaurio de tonos verdes y marrones. Casi se camuflaba sin problemas, o sería así de no ser porque sobre su caparazón había una pequeña isla que desentonaba con su alrededor. Rocas, árboles y bayas, como si de un jardín personal Es más, el suelo no se resentía con sus pisadas a pesar de su tamaño. Era casi como si estuvieran en armonía.
—Se mueve con la tierra —le explicó Aer al ver su cara de asombro—. Por eso apenas lo notamos. Es uno con su elemento.
Lo que respondía un par de sus dudas, aunque no tardaron en ver a otros elthean que le acompañaban. A simple vista se le asemejaron con avestruces, pero con brazos con alas plegadas tras ellos. Tampoco tenían pico y de su cabeza brotaban plumas a modo de cresta que les seguían por la espalda. Había por lo menos diez y se encontraban desperdigados por el terreno quemado. Eran los llamados “replantadores” pues se encargaban de arreglar las zonas más afectadas por fuego, batallas o cualquier otro problema.
—Es su manera de cuidar de todos y, con suerte, los responsables de que nazcan nuevos bosques —dijo Ead.
—¿Cómo saben dónde tienen que ir? —dijo Finnian.
—Lo notan —dijo Rune.
—Lo sienten por dentro —añadió Leith.
—¿Y el tanque ese les protege? —dijo Finnian.
—Más bien es un dinosaurio con macetas encima —murmuró Blanche.
Para nada iba desencaminada. Trabajaban de forma constante, conscientes de sus alrededores, pero sin permitir que les interrumpieran.
—Vamos a ayudarles —dijo Finnian, frotándose las manos.
—¿Hablas en serio? —dijo Blanche.
—¿Por qué no? —dijo Finnian, frunciendo ambas cejas—. ¿O es que vas a contarnos más cosas de lo que has vivido en Elthea?
No le gustaban las indirectas, y aquella estaba bien lejos de serla. Las horas que llevaban caminando no es que estuvieran muy charlatanes, en parte por los nuevos acompañantes que no se alejaban. Sin embargo, hasta Finnian sabía que Blanche no se estaba comportando como siempre como para dejarlo pasar. Se encontraban en el exterior, solo ellos tendrían la fuerza necesaria para protegerse, y la confianza debía de ir en ambos sentidos.
Blanche le observó con detenimiento, manteniendo el contacto como si bailara entre contestar lo que de verdad se le pasaba por la cabeza o no. Sus ojos denotaban sorpresa, quizás porque no tuvo reparos en decir lo que pensaba.
—¿Me incluirías en vuestra “conversación telepática”? —dijo Blanche, alzando una ceja.
—¿Lo harías tú? —dijo Finnian.
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Su silencio, sin embargo, fue la respuesta que necesitaba. Quizás estuvieran cerca del medio día, aún con muchas horas de sol por delante que no les vendrían mal emplear con inteligencia. Sin embargo, tal y como intervino Ead, era una oportunidad única de la que aprenderían muchas cosas, algo que hasta la loba no dudó ni un segundo en apuntarse.
—Quizás nuestro aspecto hace que muchos no confíen en nosotras, pero eso no nos impide en ayudar con lo que podamos para hacer de Elthea un mundo mejor —dijo Braunah.
—Nuestros poderes no solo nos permiten pelear —dijo Aer, tan cerca de él como los demás—, aunque muchos decidan utilizarlos de esa manera.
La magia, igual que la tecnología o cualquier aspecto de la vida, podía cambiar mucho dependiendo de cómo fuera empleado. Puede que no planeara pasar una mañana o tarde como aquella, pero resultó distinta a estar caminando de aquí para allá con su manada guardaespaldas. Mientras que Braunah ordenó que formaran un perímetro y se aseguraran que nadie les interrumpiera, interactuar con los replantadores fue distinto. En un principio eran menos habladores, no se negaron a recibir su ayuda, aunque no pudieran trabajar al mismo nivel.
El “elthean tanque” fue el primero en llamar su atención, pero no precisó de usar su voz ni ningún acto que sus sentidos pudieran captar. En lugar de ello, su corazón contactó con el de Finnian, logrando que soltara un suspiro. Su energía era diferente a la de sus compañeros: no era ardiente como Leith, ni tan vivaz como Rune o alegre como Aer, sino tranquila, apacible, serena, y tan poderosa que podría aplastarle si alguien fuera a hacerles daño.
—Estrella, ¿por qué quieres inmiscuirte en nuestros asuntos?
—¿Se necesita un motivo para ayudar a alguien? —dijo Finnian.
Quizás no fuera desinteresado al completo. En realidad sentía curiosidad, como cualquier otro, por aquellos nuevos elthean que obraban su magia. Apenas tenía once años, había muchas cosas que ignoraba y dudaba que nunca dejara de aprender, pero las oportunidades iban y venían, y él solo quería hacer uso de lo que tenía de la mejor manera posible.
La gran tortuga, con unos ojos marrones que brillaron en verde, se mantuvieron fijos en él, consciente que abrirse a otro elthean podría ponerles en riesgo. Pero había accedido, igual que los demás de su grupo.
—¿Cómo… —Blanche balbuceó a su lado—. ¿Cómo sabías que aceptarían nuestra ayuda?
—No tenía ni idea —admitió Finnian—, pero cuando las cosas van mal, solo podemos esperar que todos aportemos lo que podamos.
—Has cambiado —dijo Blanche—. No eres el mismo chico que conocía de la Tierra.
Ignoraba si estaba en lo cierto, si aquellas semanas Elthea le hicieron convertirse en una persona distinta, en especial por las dudas que tenía sobre su familia que allí no podría responderlas. Por eso, en lugar de contestarla, Finnian sonrió, se encogió de hombros, para así unirse a sus nuevos compañeros.
—Venga, queda mucho sol que podremos aprovechar —exclamó Aer, tan rápido como chocaron los puños y tan entusiasmado como él.
Quizás tuvieran una misión, un cometido. Todos los allí presentes tendrían cosas más importantes que hacer. No obstante, en ese presente donde otros trabajaban por cuidar su mundo, ¿por qué no ensuciarse las manos y ayudar en lo que pudieran? ¿Por qué en la Tierra, su hogar, no podrían ser las cosas de esta manera? Se suponía que estaban en un mismo mundo, en el mismo “barco” para ser exactos.
Entonces, tras un rápido vistazo a los elthean presentes, tan distintos que eran, pero con la predisposición de aportar su granito de arena, bastó con ver a Blanche para recordar el por qué de todo. Poder. Cualquiera quería tenerlo, y cada uno lo usaba como prefería, muchos en su propio beneficio.
—No sé cuáles son tus reservas, ni si tu experiencia ha sido tan mala que no puedes hablar de ella —dijo Finnian, tendiéndole una mano a la otra Signo—. Estamos aquí ambos por un motivo, hagamos que Elthea vuelva a ser un mundo seguro.
Un acto. Igual que con los alasdair, con los trolls, o esperaba que pudiera suceder con los lobos. Las palabras se las llevaban el viento, aunque podían ser tan afiladas como las espadas. Había vivido rodeada de ellas por sus padres, por lo importante que resultaba su trabajo, y ahora comprendía mucho de a lo que se referían.
El silencio volvió a Blanche, observando su mano para después a él. Sabía mejor que nadie lo complicada que podía ser, su “reinado” en el colegio no la convertía en una abusona, pero si a alguien con quien prefirió mantener las distancias. Ahora no era una opción, y ambos lo sabían.
—Visto lo visto, no es que tenga muchas alternativas, ¿me equivoco? —dijo Blanche, mirando de pronto al terreno en pleno proceso de curación.
—Oh, venga. Será divertido. ¿Cuántos de nuestra clase han vivido algo así?
Nadie que ellos conocieran, pero ahí estaba la gracia, ¿no?
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