《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 41.2 - Una maldición de amor
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—Ahora es tu turno. ¿Qué sucede con Anwil y contigo? —dijo Finnian.
Las palabras de Kali no se esfumaban, pero si las juntaba con ver colapsar al otro elthean, no paraban de surgir en su mente preguntas de lo más variadas.
—Él se encuentra durmiendo.
Aunque la explicación de Leander no podía ser más ambigua, había un motivo importante para ello. Él era muy joven cuando los anteriores Signos derrotaron a Azazel, por lo que no pudo presenciar los acontecimientos del mismo modo que su predecesor, pero estaba al tanto de lo que sucedió.
—Yo no nací en Hawell, sino en Armecia —explicó el Guardián—, aunque mis orígenes no son algo que importen a muchos.
—Algunos si, ¿no? —dijo Finnian, a lo que este asintió con una ligera sonrisa.
Las mentalidades de los elthean eran comparables a la de los humanos por lo diversas que podían ser. Algunos consideraban que solo aquellos nativos de una zona podían convertirse en Guardianes, pero la realidad distaba mucho de algo así. Aranea, a anterior custodia de la Orquídea Plateada, vio en Leander el potencial que tanto necesitaba un lugar como aquel.
—Quizás habéis pasado poco tiempo aquí, pero, ¿qué habéis percibido? —les preguntó Leander.
No poseía la misma vitalidad que el Galya, aunque eso no impedía que tuviera su propio encanto. Su nombre no iba mal encaminado, pues se les asemejaba a una flor que aún no se había abierto del todo y necesitaba cuidados, pero es no impedía que dejara de ser hermosa.
—Mi familia son los reyes de Geoglyph —dijo Leander.
—¿Eres un príncipe? —dijo Leith.
—Lo era —puntualizó este.
Renunció a su vida y a un futuro como rey por varios argumentos, aunque el principal motivo es que pretendía hacer más que portar una corona. Muchos considerarían tal estatus o título como algo que no cambiarían, pero Leander lo vio como un desarrollo necesario, tanto para él como para sus habitantes.
—Aquí encontré un sitio en el que pude crecer y ser yo mismo, en lugar de convertirme en lo que otros pretendían que fuera —dijo Leander.
Aunque valía para lo que se propusiera, o eso es lo que habría añadido Finnian después de o poco que habían visto de él. Muchos en Armecia no le veían como nada más que un desertor, alguien que no tenía lo necesario para gobernar. Poco después de convertirse en el sucesor de Aranea, conoció a Anwil.
—Y os enamorasteis —dijo Finnian.
—¿Es tan evidente?
—¿Por la manera que tienes de hablar de él? ¡Qué va! —exclamó Aer, soltando una carcajada.
Era un amor que iba más allá de las fronteras, si no que llegó a sus vidas cuando menos se lo esperaron. Los Guardianes no tenían prohibido enamorarse ni nada similar, aunque rara vez formaban familias, pues debían de centrarse en su cometido.
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—¿Qué comentó Aranea? —dijo Rune.
—¿Ella? Nada —Leander se encogió de hombros, acomodándose en su silla—. Fue quien me dio el empujón para que no le perdiera.
Porque la anterior Guardiana había vivido cómo su hogar era atacado y casi destruido. Empleó todo el tiempo que tenía para reconstruirlo y no solo devolverle el brillo del pasado, sino ofrecer uno nuevo en el que otro quisieran bañarse.
—No hizo más que eso. Su nombre quedará grabado como otra Guardiana más, aunque me las arreglé para añadir una frase en su biografía —dijo Leander.
—¿Por qué se supone que debemos dejar de vivir para que otros lo hagan? ¿Cómo vamos a apreciar la vida si no formamos parte de ella? —dijo Finnian.
—¿Cómo…? —comenzó a preguntar Leander, entrecerrando la mirada.
—Alguien nos dijo lo mismo antes de regresar.
Podía no sentir la presencia de Nova, aunque no se olvidara de cada palabra que le había trasmitido. Era algo que llevaba pensando desde que llegó a Elthea. ¿Cómo se suponía que debía de salvar un mundo si no podía ni vivir en él? Su viaje, su misión, los lugares que visitaron y los elthean que habían conocido formaban parte de ello.
La mirada de Leander se iluminó por un instante, casi como si hubiera visto a su mentora y amiga a vez más, aunque solo fuera a través de lo que acababan de decir. Quizás era la manera de corroborar que el legado de Aranea no desaparecería, no importaba cuánto tiempo pasara.
—Cuando llegó mi momento de escoger un segundo, Anwil se ofreció, en especial porque había pocos que estuvieran dispuestos a algo así.
Para muchos, era un honor convertirse en Guardián. Sin embargo, todas las responsabilidades y poderes del cargo venían con unas restricciones importantes. Nunca podrían abandonarla, o no por completo. Debían de permanecer cerca de la dorean o de su perímetro para que jamás estuviera desprotegida.
—Siempre ha sido así. Algunos lo habrían cuestionado, pero no era nada que pudiera cambiarse. O eso pensé hasta que Anwil vino con una alternativa.
Porque la muerte de uno implicaría que el otro le sucedería, pero querían cuidar de la Orquídea Plateada los dos juntos y compartir la carga. De ese modo, encantaron con unos brazaletes, imbuyéndoles toda la magia que poseían y del puesto que él ostentaba. A grandes rasgos, aquello fue clave para que ambos se conectaran, convirtiéndose en los dos Guardianes.
—Sin embargo, nuestras buenas intenciones tuvieron un precio, al menos para nosotros —continuó Leander.
Una maldición. Desde que salía el sol, Leander caía en un profundo sueño del que no podía despertarse, mientras que Anwil sufría lo mismo al caer la noche. Solo podían verse durante los minutos de transición, un tiempo demasiado breve para una pareja que solo querían cuidar de otros sin renunciar a sus sentimientos. ¿Qué había de malo en algo así?
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—El equilibrio —dijo Ead—. Las dorean se rigen por reglas muy antiguas. El intentar alterarlas repercutió sobre ellos.
Compartían la carga, pero no era una vida que se la deseara a nadie, ni siquiera a sus peores enemigos. Llevaban así desde hacía años, cuidando de la Orquídea Plateada como mejor podían. Los rumores sobre una enfermedad que les afectaban no tardaron en llegar a sus habitantes, siendo la segunda sorpresa que tuvieron, y no una desagradable.
—Lo aceptaron —dijo Leander—. Aquí saben mejor que nadie cómo de rápido puede cambiar todo.
Asimilaron la situación, y en lugar de verles como un fracaso, ayudaron en lo que podían. Aquel era un conocimiento que decidieron mantener entre los habitantes de la dorean, y nadie más que ellos, con algunas excepciones.
—Avira, la hermana de Anwil, nos ha ayudado en la distancia. Enviando libros y todo aquello que pudiera liberarnos de esta penitencia, aunque nada ha servido —dijo Leander.
Así que Anwil también formaba parte de la familia real Aurean. ¡Por eso tenían cierto parecido!
—Por eso nos pidió que le entregáramos el colgante —dijo Aer.
—Supusimos que iba con un mensaje en su interior —dijo Rune.
—Aunque nada de lo que acabas de comentarnos —admitió Leith.
—Venía con nuevas soluciones, teorías de lo que pudiera ayudarnos, aunque nada que podamos alcanzar por nuestros medios —dijo Leander.
Porque necesitarían alguien con gran capacidad mágicas, y ellos estaban manchados, aunque no el sentido literal. Por mucho poder que tuvieran, no serían capaces de emplearlo al completo si intentaban estar juntos, o no sin poner en riesgo el lugar que habían jurado proteger. La mirada serena del Guardián encontró la suya, comprendiendo con rapidez por qué se interesaban por ello.
—No es tu problema, Finnian.
—Puede ser, pero nada es como debería de ser —intervino Nero.
—¿Qué de malo hay en que ayudemos en lo que podamos? —dijo Finnian.
—Porque no podéis —dijo Leander.
Entonces, dejó en la mesa el mismo colgante que llevó durante los últimos días. Después de rozarlo con la yema de los dedos, unas palabras aparecieron proyectadas sobre este, y tras un nuevo movimiento, pudo apreciarlas en eltheani.
—Solo cuando sucede lo imposible y de algo malo nace algo bueno, la maldición podría romperse —leyó Ead.
—Esto no se trata de cuánta capacidad o fuerza tengáis, sino de algo que no podéis controlar —dijo Leander.
—Si hiciera caso cada vez que me dicen eso, ni estaríamos hablando ahora —dijo Finnian, alzando ambas cejas.
—No es tu batalla. Blanche lo es —dijo Leander, tratando de sonreír—. ¿Qué vais a hacer con esa Signo rebelde y sus acompañantes? Porque volverán.
—Contamos con ello —dijo Aer con seriedad.
El tiempo de pensar qué harían con ella se estaba acabando. ¿Deberían destruirla, al igual que a Ark? No habían tenido reparos en hacer eso con cientos de vidas, por lo que necesitaban detenerla antes de que hicieran algo que no pudieran solucionar.
—Volverán a por nosotros. Blanche quiere el huevo, al fin y al cabo —dijo Rune.
—Y a ti —dijo Nero.
—Usaremos eso en nuestro beneficio. Sé cómo es ella, o una parte de ella al menos —dijo Finnian.
Le buscaría. Malgastaría el menor tiempo posible para volver a plantarle cara. Odiaba perder o sentirse inferior, y su último encuentro la había dejado en evidencia como para que quisiera remediarlo cuanto antes. Blanche actuaría con la cabeza fría, aunque al final solo intentara acabar con ellos, pero eso no era una novedad.
—Necesitas avisar a las otras dorean y a sus guardianes —dijo Finnian—, contarles lo que ha sucedido.
—¿Estás seguro?
—No hay otra opción. Intentó entrar aquí. Ignoramos sí podrían hacerlo —dijo Finnian.
Aunque era una Signo, o lo era, su cargo le abriría puertas que estarían cerradas para otros. No dudaría en emplear el título de “salvadora de Elthea” para crear un nuevo mundo, uno según sus caprichos. Compartir una información así pondría al resto en su contra, pero no podían arriesgarse ni darle la oportunidad de que otros no vieran venir la maldad que había en ella.
—Las cosas cambiarán. Una vez envíe el mensaje, no habrá vuelta atrás. ¿Estás seguros de querer continuar con ello? —dijo Leander.
—Al cien por cien —asintió Finnian.
—Es lo único que tenemos claro por ahora —dijo Rune, soltando un resoplido—. ¿Cómo se supone que debemos detenerlos y no acabar cortados en tiras por ese homicida?
—Tenéis todo lo que necesitáis a vuestro alcance —dijo Leander, tocando la pulsera de Finnian, allí donde había encajado el cristal primigenio.— Y aunque ahora no lo veáis claro, no tardaréis en hacerlo.
Solo necesitaban un poco de inspiración y de suerte. ¿Habría una poción que pudiera darles ambas?
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